
Creo en esta Iglesia de la que formamos parte pecadores, y que afortunadamente también tiene en su seno y su larga historia miembros -niños y ancianos, hombres y mujeres- que la hacen más brillante y más atractiva por su santidad.
Creo en esta Iglesia que Jesucristo instituyó para que fuera el hogar de los que necesitamos perdón, alegría, esperanza y consuelo. Y no nos necesitamos porque no somos mejores ni peores que los demás seres humanos que ni conocen esta Iglesia, ni la quieren, ni la necesitan. Ni tampoco necesitamos este hogar porque nuestra fidelidad de creyentes lo merece.
Lo necesitamos porque el seguimiento de Jesucristo nos ha conducido a descubrir que sólo en esta Iglesia podemos disfrutar de la presencia viva y vivificada de Jesucristo.
Creo en esta Iglesia, querida y amada por millones de creyentes que, a lo largo de estos veinte siglos de historia, la han disfrutado como madre de la que han recibido vida, ilusión, esperanza y fe.
Creo en esta Iglesia no porque todos sus dirigentes -papas, obispos, sacerdotes- hayan sido o sean actualmente santos. Sé que muchos ni lo han sido ni ahora lo son. Porque son hombres como los demás, y como los demás también capaces de errores.
Porque en esta Iglesia en la que creo, sólo Jesucristo, su fundador, y la Virgen María, la primera creyente, han sido impecables. Todos los demás somos capaces de todas las oscuridades y de todos los brillos. Todo depende de que nos pongamos a la luz de Jesucristo, o nos escondamos en las tinieblas de nuestros egoísmos.
(Adaptación de un texto de J. Anta Ares)